Timothy
William Burton nació el 25 de agosto de 1958 en
la californiana Burbank, un barrio residencial donde se habían
instalado los estudios de Disney, Waner Bros., Columbia y la televisión
NBC. Burbank era, y es actualmente, la zona residencial de la
clase media de Hollywood. Ambiente que años después
retratará en Eduardo Manostijeras.
Su
padre, Bill Burton, era un empleado de Parques
y Jardines, antiguo jugador de béisbol de los Cardinals
de Los Ángeles retirado por una lesión.
Su
madre, Jean Burton, tenía una tienda temática
dedicada al mundo de los gatos llamada Cats Plus, una especie
de santuario gatuno con todo tipo de objetos con decoración
felina.
La
familia Burton se completaba con el hermano de
Tim, Daniel Burton, tres años menor que
él y que actualmente es artista. Las relaciones familiares,
según el propio Burton, fueron bastante
escasas, tenía poca relación con sus padres y ya
de pequeño deseaba marcharse de casa.
De
hecho, esto encaja perfectamente con el carácter de niño
cerrado e imaginativo que se le atribuye a Burton,
un niño al que le gustaba ir al cine, dibujar, jugar...
como otro niño más."Lo raro es querer seguir
haciendo esas cosas al largo de toda la vida", comentaba
Burton. Además, el mismo director admite
que era "moderadamente destructivo", y que se dedicaba
a arrancar las cabezas de sus soldados de juguete y a aterrorizar
a su vecino advirtiéndole de que una invasión alienígena
había comenzado.
Lo
que más le gustaba al joven Timothy era el cine, adoptando
el mundo y los personajes de la ficción como sus propios
amigos. Las películas de serie B, los monstruos japoneses
y las invasiones marcianas de los años 50 eran una constante
en la vida de Burton, llenando su imaginación
de personajes y aventuras imposibles que tendrían su plasmación
en su obra posterior. Burton sentía una
increíble fascinación por los monstruos de todo
tipo, nacionalidad y color. Era demás, un ferviente admirador
de Vincent Price y sus películas.
Aparte
de esto, Burton no se veía en absoluto
atraído por la cultura ni los libros. Ni siquiera leía
cómics, lo normal para un niño norteamericano de
su edad. No obstante, había algo de la cultura que sí
le atraía: El dibujo.